Un Paseo por la Historia de Calle Victoria

By | Febrero 26, 2017

Valparaíso, mitad puerto, mitad comercio. Esas dos ideas sintetizan la historia y el destino de esta ciudad cuando en setiembre del año 1543 al mando de Diego García Villalobos llegaba al puerto. Traía ropas, armas, provisiones y el primer cargamento de vino. El navío había sido fletado en Perú por el acaudalado comerciante Francisco Martínez, quien hizo un gran negocio vendiendo armas, ropa y víveres a los conquistadores de Pedro de Valdivia.

La ciudad, mitad puerto, mitad comercio comenzaba a funcionar.

Hace poco leí que esta ciudad no es producto del esfuerzo de sus actuales habitantes, sino que es fruto de los que nos antecedieron. Como parte de esta ciudad, poco o casi nada se ha escrito de la calle Victoria, que tiene mucho que decir, sobre todo su comercio, abundante y generoso en otras épocas.

Caminemos por los recuerdos y mis fantasmas.

Originalmente llamada “Calle de la Victoria”, se iniciaba en Plaza de la Victoria, continuaba por la actual calle Victoria y llegaba hasta avenida de Las Delicias llamada actualmente avenida Argentina desde 1910. Y el tramo actual de avenida Pedro Montt entre el Estero de Jaime (desde 1910 avenida Francia) y avenida Argentina, se llamaba avenida de Maipú. Fue por el año 1915 que se hacen los cambios de nombre en homenaje al presidente fallecido en 1910 en Alemania. Se termina con la nominación de avenida de Maipú, el tramo entre Plaza de la Victoria, y avenida Argentina pasa a llamarse Avenida Pedro Montt, quedando circunscrita la Calle Victoria desde Crucero Rubio hasta avenida Argentina.

Corrían los años 30 y también corría por esta calle la línea N° 3 del tranvía eléctrico. Su recorrido se iniciaba en la Plazuela de los Cerros en Barón continuando hasta Plaza Aduana. La calle todavía mantenía un comercio que sobrevivía a los efectos de la apertura del Canal de Panamá. Un comercio rico en nacionalidades y rubros. Las zapaterías se llamaban boterías. Estaban la “Cervantes de Carrimaña Hnos., “La Indiana” de Samuel Moraga. Mariano Fernández, un español, ya tenía su zapatería “Cervantes” esquina Olivar (hoy Simón Bolívar) que seguiría varias décadas más. Las farmacias eran boticas, destacando “Botica Prat” de Emilio Díaz de la Vega, “Botica “San Ignacio” de Luis Cerda y, por supuesto, la “Botica Alemana Munich” de Federico Hoffmann.

También José Croxatto ya había abierto su paquetería entre Bolívar y Morris y frente al cinema Star o cine Rivoli, también ya estaba la fábrica de espejos y vidrios de Scheggia y Belgeri.

Era posible encontrar casas de música y piano, cigarrerías, la fábrica de corsés de Manuela More, las librerías el “Pensamiento” y “El Peneca”. Fácil era encontrarse con fábricas de lustrines, sombrererías para damas y caballeros, camiserías, lavanderías, fábrica de tabacos y todo tipo de almacenes de provisiones (Bacigalupo Hnos), fruterías, carnicerías, talleres eléctricos.

Había un club social llamado “Los practicantes” y los italianos tenían su lugar de encuentro en la Sportiva Italiana. Una generación después, 30 años, la calle era otra, otras caras, otros rubros,pero siempre comercio.

Frente a la Plaza O’Higgins se comían helados artesanales, especialmente los de vainilla donde Alejo o se almorzaba una buena cazuela en el altillo. Al lado se compraban todo tipo de figuras religiosas, caras de muñecas y palos de helado en “La Central”. En la esquina de Uruguay (que en la década del 30 se llamaba avenida La Merced) estaba la tienda de menajes “El Campanario” con sus grandes vitrinas. Al frente, la “Farmacia Victoria”, que al entrar nos recibía con la gran balanza “Toledo” que hacía las delicias de lo niños. Ya al interior, una gran escalera metálica de caracol, gran cantidad de frascos de diversos colores y formas, muebles saturados de pequeños cajones y recetas. Detrás del largo mesón y de unos lentes, se veía la figura de un hombre carismático, tez rosada, pelo cano, de acento extraño, siempre con una capa celeste, siempre conversando con un cliente. Era don Guillermo Oesterle, el dueño.

Un poco más allá, a la entrada de la galería Victoria, la zapatería del mismo nombre propiedad de unos españoles, que en un afán de juego, no encontraban nada más gracioso que elevarme por los pies y dejarme cabeza abajo. En la esquina de Morris, una ferretería también llamada “Victoria” de otro español de apellido García, de aspecto bonachón, alegre, una boina cuidaba su calvicie y una alegría de vivir transmitía al conversar.

En la cuadra siguiente –Morris y Simón Bolívar- estaba menajes “Strong”, Casa Croxatto atendida por un matrimonio cuya personalidad siempre me daba susto y al lado el Studio fotográfico Díaz de propiedad de mis padres, lleno cada 8 de diciembre por la tradicional foto de Primera Comunión. Allí también cada sábado al atardecer llegaban novios para la tradicional foto y bajaban del auto en medio de la pichanga de la pandilla del barrio. Todo esto fue demolido para dar paso a una gran tienda de automóviles. Al lado la perfumería “Copihue”, de una familia judía, atendida por la Sra. Betty. Su pelo blanco, siempre bien peinada y una sonrisa amable, daba la impresión de hada madrina sacada de un cuento infantil. En la esquina aún continuaba la zapatería “El Quijote”. Al frente una familia de raíces árabes tenía la “Sastrería Oporto”. Atendida por don Paulino, aún trabaja en lo mismo en un local con otro nombre casi esquina de avenida Francia. A su lado una tienda con artículos de primera comunión “La Conversión” y en esquina de Morris, estaba la camisería “La Invencible” de un señor de apellido Ruiz. También este edificio desapareció.

En la esquina de Simón Bolivar, “El Olivar” del italiano Nosse, un negocio que ya pertenece a la historia de la calle y que sobrevive a pesar del paso del tiempo.

En la cuadra siguiente estaba la librería “Vilches”, con sus vitrinas en las cuales se pasaba largos ratos mirando los detalles de los artículos. El cine Rivoli nos trae los recuerdos de la matinés dominicales, y un poco más allá estaba la librería “El Pensamiento” atendida por don Luis Ortés. Un agrado entrar allí. Don Luis, callado, saludaba con un gesto al que entraba y dejaba ojear y hurguetear, sin interrumpir, los libros amontonados sobre bandejones y estantes. En eso se iba un par de horas. Otro par de horas se iba si se entablaba conversación con don Luis. Hombre cultísimo, sabía no sólo de literatura, sino que, además, era músico (grabó un disco con su “música para un crimen”) y su pasión era la ópera y la zarzuela.

En esta misma cuadra estaba la tienda “Lues Sport”, un apellido enraizado al sector del Almendral.

En la última cuadra de este recorrido, cruzando San Ignacio, está una tienda que ya es leyenda: “El Carretero”. ¿Quién no se ha sentido hipnotizado por sus vitrinas? Imposible describir la cantidad de detalles de ellas y mucho menos describir el interior, donde uno debe alzar la vista para ver la mercadería colgando.

Más allá estaba el Centro Español con sus exquisitas tortillas españolas, al lado, Bata estuvo por muchos años y siempre creí que era para siempre. En esquina Francia “Modas Anita” marcó una época dentro del vestir para damas.

Dejo la calle, dejo los recuerdos y mis fantasmas, pero esta calle nunca dejará de ser una calle del comercio, del pequeño comerciante, que a punta de esfuerzo, mucho trabajo y tesón, conforman ese grupo de héroes anónimos que levantaron esta ciudad.

Luis Díaz Valenzuela

Investigador de Historia Urbana