Al pensar en Valparaíso, inevitablemente la imagen de un ascensor subiendo y descendiendo lentamente de un cerro desde y hacia el centro de la ciudad se vuelve ineludible. Es más, para cualquier artista audiovisual, por ejemplo, utilizar a Valparaíso como locación, lo obliga a realizar una toma que muestre a este antiguo medio de transporte que se remonta desde los inicios de la ciudad puerto.
Los primeros funiculares que se construyeron pretendieron facilitar el acceso a los cerros más poblados como eran, en las décadas finales del siglo XIX, los cerros Cordillera, Bellavista, Cárcel, Concepción y Alegre. Todos ellos se comunicaban entre sí por el centro cívico existente en torno a las plazas Victoria y Sotomayor.
Pese a que el Camino de Cintura (Av. Alemania) comenzó a construirse en 1884, aún en el año 1910 no se concluía, por lo que la comunicación entre los cerros debía hacerse a través del plan de la ciudad. Además, si se piensa que esta ciudad utilizó los cerros como zonas especialmente residenciales y al plan como el centro económico, cívico, comercial e industrial, no se justifica la urgencia de comunicar a los cerros entre sí, sino que lo importante era vincular a los cerros con el plan.
Ya en la década de 1870 y alentados por la peculiaridad geográfica de los cerros de Valparaíso y por las necesidades de comunicación entre la parte alta y el plan de la ciudad, aparecieron los primeros proyectos de construcción de los funiculares. Si bien ciertos cerros se hacían accesibles por medio de caminos con pendientes de gran inclinación o de escaleras de gran longitud, hubo otros de más difícil ascensión. Era especialmente complicado subir cerros que se habían dinamitado para proporcionar más espacio para el plan de la ciudad. Desde la zona baja de Valparaíso estos cerros ascendían en forma vertical entre los 30 y 60 metros sobre el nivel del mar. El ascensor era aquí la respuesta más adecuada para facilitar el transporte, ya que de otro modo se hubiese requerido de caminos más largos para salvar una pendiente adecuada, o de escaleras agotadoras.
El Primer Ascensor
En el desarrollo del sistema de ascensores porteños la influencia de la tecnología europea fue clave, especialmente de origen alemana e inglesa. La llegada de éstas se vincula a las importantes colonias de estas nacionalidades en el Valparaíso del siglo XIX y XX. Grandes forjadoras en esta labor de construcción y masificación de los funiculares porteños fueron las familias inmigrantes Page, Onfray y la de Juan Segundo Naylor.
El primer proyecto de construcción de un ascensor perteneció a don Liborio Brieba, quien protagonizó una importante campaña en los diarios de Valparaíso para divulgar su proyecto. Así es como en definitiva se constituyó la compañía de Ascensores Mecánicos de Valparaíso en 1882, la cual se hizo cargo de la construcción del primer ascensor.
Un día 1 de diciembre de 1883 se inauguró el primer ascensor, denominado Concepción. Éste estaba dotado con un sistema hidráulico que funcionaba por medio de estanques de agua ubicados en ambos extremos del recorrido, teniendo éstos la función de contrapesar la carga de los carros, de madera en aquélla época, con el fin de producir el ascenso y descenso. La coordinación de la partida, en tanto, era simplemente a grito.
Con el éxito alcanzado por este primer ascensor, luego comenzaron a sumarse nuevos proyectos de instalación de funiculares. Muchos prosperaron, pero otros tantos se quedaron sólo con los permisos municipales
La importancia de los ascensores radicó en muchos factores que llevaron, en definitiva, a un notorio mejoramiento de la calidad de los medios de transporte entre el plan de Valparaíso y los cerros aledaños, llevando por consiguiente a un mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes del puerto.
El impacto no fue aislado ni acotado a un solo sector de la ciudad, sino que su influencia global en tanto la gran cantidad de ascensores que llegó a existir cubrió prácticamente la totalidad del hemiciclo formado por los cerros que dan la cara al mar. Con esto se logró un nexo de unión entre el puerto y los cerros, generándose una unidad urbana, rompiendo el aislamiento y desintegración antes existente.
Los Altos y Bajos
Sin embargo, y luego de resistir dos terremotos, en la década de 1920, el puerto vivía una baja ostensible en la prosperidad que lo caracterizó durante la mitad del siglo XIX. La Construcción del canal de Panamá disminuyó el tráfico marítimo a través de Valparaíso y la larga Guerra Mundial de 1914, dejaron a este puerto sin el intercambio comercial que lo llevo antes a la prosperidad. La gran depresión de 1929 también dejó sus huellas en el puerto, pues era una de las ciudades más vinculada que ninguna al comercio internacional.
Por otro lado, los ascensores porteños, que habían sido una imperiosa necesidad en la década de 1880, encontraron competencia en la implementación de nuevos medios de transporte urbano, como fue en su época los tranvías eléctricos y posteriormente microbuses y colectivos, quienes pudieron seguir con rapidez la expansión poblacional que cada cerro experimentaba.
No obstante, a los embates que los reconocidos ascensores han debido experimentar a lo largo de su historia, hoy la población les vuelve la vista y comienza a observar las peculiaridades y atractivos que en ellos residen. Hoy cada vez son más las iniciativas tendientes a recuperar espacios perdidos y olvidados, rieles oxidados y desmantelados. La historia se encargó de hacer justicia y poco a poco los ascensores porteños comienzan cada vez más a unirse y continuar con la actividad incansable de subir y bajar, del cerro, al mar.