Para muchas agencias turísticas o para los mismos habitantes de una ciudad, los turistas son las típicas personas que andan con cámara fotográfica al cuello, short y camisa floreada. Estos visitarían nuestro país en busca de playas, casinos y como cuota cultural se conformarían con unos museillos o edificios históricos.
Sin embargo, porteños bastante más visionarios, se han dado cuenta de que existen visitantes que buscan más de una simple entretención. Que les interesa conocer más que lugares físicos, que se inquietan por las personas por lo que podríamos llamar ” la cultura de la calle”
En esta onda está José Miguel Rojas y toda su familia, quienes hace un año abrieron las puertas de “Catalejo”, una llamativa casa del Cerro Alegre, donde entregan información turística acerca de los rincones menos visibles de Valparaíso.
Los datos entregados gratuitamente, van desde lugares donde tomarse un buen copetito, almorzar, o donde ditenderse, en un ambiente cálido lleno de buena onda. Asimismo, se puede disfrutar de exposiciones de fotografía, pintura o escultura de artistas locales, mientras te tomas un café o jugo.
Hasta acá la historia parece bastante altruista. Personas que nos enseñan una manera distinta de mirar el puerto, donde cada mural de la calle, cada escalera va adquiriendo una belleza insuperable.
Pero... ¿Cómo mantener este espacio sin cobrar ni un peso? ¿Basta la plata que reciben del uso de los teléfonos? No...definitivamente no. Y es acá donde este espacio vuelve a la realidad, donde muchas veces el dinero mueve.
¿Cómo nace la idea de mezclar información turística con arte?
No le entregamos al visitante la típica información, la playa, restaurantes etc. La gente que viene le interesa el quehacer cultural, y es ahí donde el arte entra a cumplir un rol fundamental.
¿Cómo reacciona la gente frente a esta combinación?
Bien, porque inusual encontrar este tipo de información, aunque evidentemente no tenemos todo lo que quisiéramos, por ejemplo acá no trabaja nadie relacionado con el turismo, ni tenemos infraestructura suficiente. Y en cuanto al arte, les gusta, sin embargo, el arte no paga, acá se expone gratuitamente y se vende muy poco.
¿Y cómo se financian entonces?
Básicamente de lo que ganamos por el servicio de telefonía o Internet.
¿Pero no es irónico que no ganen por la información y por la venta de arte, si ustedes justamente se dedican a eso?
Sí claro. Pero hay que considerar que a pesar de nuestra falta de tecnología, hay gente que igual prefiere venir para acá. Les llama la atención el encuentro de distintas nacionalidades y el hecho que nosotros no intentamos venderles cosas, saturarlos con productos.
¿Y no han pensado en buscar apoyo externo?
Si hemos buscado, pero la mayoría me dice “qué lindo”, pero igualmente no consigo alguna entidad que me guíe en el cómo conseguir aportes financieros.
¿Por qué crees que no lo consigues?
Porque Catalejo no tienta a capitalistas que buscan ganar a corto plazo con proyectos de consumo masivo. Erróneamente se considera a la cultura como antítesis de los buenos negocios, no hay inversionistas que noten que esto atrae a extranjeros y nacionales.
¿No será que ven a la cultura como un pasatiempo o entretención?
Evidentemente que en un mundo que endiosa el consumo, los artistas no son generadores de dinero, pero al segmento que le interesa el tema es capaz de sustentarse, al menos en parte, de otra manera tal vez no serían necesarios por ejemplo los Fondart.
No han pensado en vender la información?
La pregunta es ¿cómo cobrar?, por cantidad, por minutos de entrega. Además la apuesta de Catalejo va orientada a entregar un servicio que no existe en el cerro. Esto igualmente nos posibilita la venta de algunos artículos y el reconocimiento de los visitantes.
¿Y que pasaría si no consiguen financiamiento, nos despedimos de Catalejo?
Esperamos que esto no ocurra, haremos todo los posible para conseguir apoyo en el Fondart o seguir con fondos propios generados a partir de mi trabajo en el área del diseño.
Esperanza y optimismo es lo que le sobra a la familia “Catalejo”. Lejos de darse grandes lujos personales, prefieren ver como su cerro y todo el Puerto surgen de la mano de turismo, pero no ese afanado en “sacarle” plata a los gringos, sino ese que ama la hermosura de sus ascensores de sus casas, enseñando a ver que la bellaza es justamente la que encontramos al caminar diariamente por nuestras calles.