Hace 5 años aproximadamente nació en Valparaíso la revista Ciudad Invisible (C.I). Un medio que de todas formas da cuenta de aquella realidad porteña que no aparece en los medios más tradicionales. Autofinanciada desde entonces y con un corte más bien cultural, no sólo se ha sabido mantener en el tiempo sino que también ha experimentado favorables cambios, sobre los cuales conversaremos con Ernesto Guajardo, escritor, poeta, periodista y miembro del Comité Editorial de la publicación. Media década, eso sí, no ajena de complicaciones.
¿Con qué problemas te encuentras cuando estás tratando de levantar un proyecto como Ciudad Invisible?
- El primer gran problema es la infraestructura, los recursos económicos y técnicos. Pocos computadores y scaners, o ausencia de estos últimos en un momento incluso. Y evidentemente un problema económico. Durante un largo lapso de tiempo la revista es autofinanciada y se invierten recursos propios para poder sacarla. Y el retorno económico nunca es lo suficientemente grande como para poder reinvertir en otras cosas; siempre el retorno se acerca mucho al equilibrio mínimo, a recuperar la inversión que has hecho.
Un problema de financiamiento que entre sus lamentables víctimas en la región cuenta, por ejemplo, a la excelente revista universitaria Tambor, pero que para Guajardo tiene otras importantes variantes.
¿Por qué no surgen más revistas independientes y autofinanciadas como Ciudad Invisible?
- No sé bien por qué los micromedios no logran consolidarse como medios alternativos de 5 a 10 años. Porque estoy convencidísimo que eso no pasa por los fondos sino por los equipos de trabajo: en la medida que estos se consolidan, la generación de recursos es algo que está signado por las mismas necesidades de cualquier organización social: tú puedes perfectamente hacer desde una completada hasta una fiesta para recabar recursos. Es decir, un medio tiene una infinidad de tareas que son poco épicas, poco honorables, poco profesionales, poco literarias, odiosamente domésticas, pero que son fundamentales para poder gestionar lo otro. En la medida que los equipos de trabajo se visualicen a sí mismos también como productores de instancias que le permitan acumular un capital mínimo como para trabajar, es posible hacerlo. Pero tengo la sensación de que hay una suerte de preminencia en la elaboración de los contenidos y no tanto ocuparse de cómo vamos a reproducir, vender, distribuir, quién va a llevar la caja, etc.
Una tarea difícil y hasta el momento sobrellevada exitosamente por los aplicados alumnos de C.I. Una tarea que hoy, sin embargo y para la visión crítica de muchos, se podría decir que ha comenzado a recibir ayuda del mismísimo “inspector”. Y es que a partir del número 16, cuatro ediciones de la publicación saldrán a la calle con el aporte del Fondo del Libro y la Lectura; una iniciativa gubernamental que, si bien ha paliado en parte los gastos que implica mantener un medio independiente como Ciudad Invisible, también ha abierto una interrogante que no podíamos dejar de plantearle a Guajardo.
¿No ven una contradicción entre el hecho de ser financiados ahora último con los aportes del Fondo del Libro y la postura crítica de la revista?
- Sí. Ese fue un tema de larga discusión. Pero finalmente optamos por la idea fuerza de que estos dineros son dineros públicos, del Estado, y por lo tanto de todos. Y si bien las abuelitas dicen que “el que pone la plata pone la música”, nosotros creemos y queremos realizar un ejercicio de que aun cuando recibamos dinero mantengamos la independencia crítica frente al Gobierno, e incluso frente a sus políticas culturales. Queda por ver si el Gobierno también mantiene su independencia y sigue apoyando proyectos como este después de revisar los contenidos que publicamos.
Y es que si algo ha caracterizado a Ciudad Invisible es, como su nombre lo indica, el dar cuenta de aquella vida porteña ajena a las pautas de “la gran prensa” que circula en el Gran Valparaíso (léase El Mercurio y La Estrella).
Para ello, justamente, nació.
“Surge para tratar de generar un espacio comunicativo, la circulación de un discurso distinto, diferenciado con los que estaban más en boga, al de la “gran prensa”. Pero por otro lado, también a una gran diversidad de micromedios que estaban centrados principalmente en lo cultural. Lo que se hizo fue tratar de hacer una aproximación más periodística, más noticiosa a Valparaíso”, nos explica Guajardo.
Y para ello, literalmente, creció.
Ciudad Invisible a los quioscos
Y es que luego de cinco años, de aquel alargado formato más bien “estudiantil universitario” pasaron directamente al tabloide y hoy usted la puede encontrar fácilmente en algún quiosco junto a uno de los ejemplares de La Estrella o El Mercurio.
¿Por qué el cambio de formato?
- Tiene que ver con la disputa de los espacios. Eso nos permitió, por ejemplo, acercarnos y acceder a los quiscos, y con ello a un público más amplio, más transversal.
Dicho cambio revistió, sin embrago, realizarse un nuevo cuestionamiento.
¿A quién dirigen finalmente la revista?
- Ese es un gran tema. En general las revistas, casi todas, parten primero con una razón identitaria muy fuerte, que tiene que ver con el grupo que origina el medio. Porque en un primer momento la idea es generar uno que te satisfaga. Y en ese sentido tu universo son tus pares, gente sensibilizada con algunos temas. Pero el hecho de abrirnos a los quioscos, de cambiar el formato; la voluntad explícita de incluir algunos temas que nos son estrictamente culturales como “Los Areneros”, la gente que trabaja en las micros (Edición n° 16), da cuenta de una voluntad de tratar de acceder a otro público. Pero en definitiva, la definición del público objetivo es una conversación que estamos evaluando permanentemente.
¿Pero entonces, apuntan a “la señora Juanita”, al estudiante...?
- Yo creo que estamos apuntando a un público ilustrado, no en el sentido peyorativo, sino en términos de acceso a determinado nivel de información: estudiantes, profesionales jóvenes, sectores organizados del universo poblacional y de trabajadores. Eso también tiene otro matiz porque desde que estamos en quiscos también llegamos a otras ciudades: Concepción, Santiago, San Antonio, y no queremos caer en esa suerte de doble centralismo que en ocasiones se acusa en la quinta región; es decir, que todo está concentrado en Valparaíso, y que Quillota, Quilpué, San Felipe, San Antonio, no existen. Entonces, tenemos la voluntad explícita de abrirnos a temáticas y autores de esas zonas, y un caso concreto de ello es la participación de Marcelo Mellado como colaborador.
Junto a Mellado, escritor y columnista sanantonino, autor de las novelas “Informe Tapia” y “La provincia”, participan en Ciudad Invisible una serie de profesionales jóvenes: diseñadores, sicólogos, académicos. Una máquina que en definitiva se mueve gracias a personas signadas por las ciencias sociales y la literatura.
¿Cómo ha sido la recepción del público?
Tenemos doble testeo. Uno que tiene que ver con la conversación con el universo más cercano, que generalmente es una masa crítica bastante potente, que no ejerce una lectura amiguista respecto del medio; y otro feedback es vía correo electrónico. Y en general la crítica ha sido buena porque ha sido propositiva. Hay cosas que no han gustado de la revista; a veces hay artículos que han sido acusados de ser un poco intelectualoides; u observaciones respecto de que podrían abrirse los temas a otras geografías. Pero en general ha sido buena. Y yo creo que tiene que ver con que Ciudad Invisible en gran medida da cuenta de algo que no existe, si existieran tres o cuatro revistas más como esta la crítica sería más fina. Pero es lo que hay, se diría en buen chileno.
¿Y cómo ha sido el impacto mediático?
- Generalmente los impactos no son oficiales, tanto a nivel de los otros medios como de la prensa oficial. Bueno, El Mercurio publicó una nota con respecto al Concurso Literario, pero eso lo hacen con todo lo que hay. No ha existido un feedback como oficial.
¿Les importa?
- No. Nos importa mucho más el feedback con los lectores, con la gente, con las organizaciones, con los activistas (en el mejor sentido de la palabra: gente que está haciendo cosas). Preocuparse del impacto más mediático puede ser muy perjudicial. De pronto inclusive se puede estar más centrado en eso que en la producción misma de contenidos. Nosotros tenemos la línea clara, la tratamos de ampliar, de fortalecer y la centralidad es esa; bienvenido lo que ocurra después, pero no estamos preocupados de eso.